A lo lejos escuche a mi madre entre sollozos: fue la muerte más estúpida; en el día más estúpido.
Vagamente puedo acomodar las ideas de cómo termine aquí. Recuerdo que desde hace una semana todo se organizó para el intercambio; a mi mejor amiga se le ocurrió la idea de arreglar los papelitos para que al fin tuviera mi oportunidad de cruzar palabras con él.
Reconozco que el concepto temático fue mío, yo opiné que lo mejor sería intercambiar dulces y chocolates, porque: ¿cómo evitar la tentación? Nada más delicioso que saciarte de azúcar hasta sentir una desesperante sed, comer… devorar puñados de rubicundas gomitas corazonadas, ahogarte en pequeños dulces de colores apastelados y estructuras de azúcar. Más allá de rosas artificiales y globos gigantescos amo el 14 de febrero por la estática gama rosa–carmesí de sus golosinas, paletas de sabor frambuesa o grosella, bombones rosados y blanquecinos ( los mejores con relleno de jalea); enormes nidos formados del cabello de la azúcar y chocolates: en pasteles, en cajas, en helados, amargos; con nueces, blancos, coloreados, con avellanas, belgas, suizos, holandeses. Amó el azúcar, odio mi peso, mis compañeros me detestan no se si por gorda o por tener el mejor promedio de la secú.
Le compré una enorme caja de chocolates, dudo que vaya aprobarlos, espero que en su familia se los coman, sería un desperdicio. Él ni me miro; cuando pasé al frente ( y mientras intentaba no sonrojarme) dije su nombre; se levantó; sonrió; me abrazó rápidamente seguido de una palmadita cómo de las que de seguro da a su perro y mientras me soltaba pronunció el nombre de a quien él le iba a regalar. No tuve tiempo de nada; ni de bajar la mano por su espalda, ni de decirle que dentro de la caja iba una tarjeta.
Alguien gritó - ¡Guerritas! Y las ráfagas de azúcar comenzaron, la balacera no cesaba, recuerdo que un dulce me pegó en el ojo y otro acabo (¿quién sabe cómo?) entre mis pechos, era como una amatista enorme y pegajosa. Me agache; intente detrás la puerta; lo mejor: la refriega duró poco tiempo; alguien dio el pitazo.
Dieron clases otra vez, me comí las galletas que me regalaron; fui por agua y al salir del salón vi una tarjeta en el basurero; la tomé, quería confirmar que era la que yo le di y mientras caminaba iba leyendo; no sé cómo paso: torpemente sentí unos dulces bajo mi pie; mi peso me ganó hacía atrás y escuche el crujir de mi cuello al romperse.
Fue la muerte más estúpida; en el día más estúpido y ni siquiera era la tarjeta que yo le regalé.
jueves 22 de enero de 2009
lunes 19 de enero de 2009
Valentina.
Nunca había podido disfrutar las cenas con ella pues la carne de cerdo – a la que Valentina era muy aficionada- le resultaba desagradable, sobretodo después de enterarse de cuanta similitud existe entre aquella especie y la nuestra.
(Eres muy linda al preocuparte por mí, yo quiero que te sientas cómoda, que hagas lo que te gusta; ningún sacrificio es demasiado con tal de estar contigo).
Desde que empezaron a salir permitió que ella estableciera la dinámica: una cena abundante, caminar un poco hasta el cine para mirar cualquier película, de esas que se olvidan a los diez minutos, y pasada la media noche refugiarse en algún hotel cercano.
(No pienses eso, mujer. Amo a tu cuerpo y su luz, amo el sudor que resbala de tu cuello, amo la perfección atroz de tus caderas, ese umbral a la tierra prometida).
El sexo con Valentina no era el fin, sino el medio para algo más; era un trámite necesario y placentero pocas veces. En poco tiempo ya era experto en levantar su ego, en evitar que se soltara a llorar apenas iniciado el juego, solo pensar en su meta lo hacía sonreír y empujar un poco más fuerte.
(¿Por qué no puedes creer que ya tan pronto esté usando la palabra amor? Sí, antes han existido otras, por eso puedo asegurar que tú eres la indicada).
La última cita fue en su departamento, un 14 de Febrero, prometió a Valentina que esa noche los uniría definitivamente. Ella estaba embelesada con lo él que había cocinado: cerdo agridulce al estilo cantonés, mismo que él no comió por razones ya citadas. Al terminar de comer se recostó en un sillón, dijo que se sentía un poco mareada y no podía estar sentada, quizá a causa de la cena y el vino.
(Claro, me encantaría conocer a tu familia, espera a recibir tu regalo por el día del amor y la siguiente noche iremos a visitarlos).
Una de sus antiguas amantes, que era dentista, le había dicho cual era la sustancia y la dosis necesaria para aletargar un cuerpo de 60 a 70 kilos sin provocar daños al organismo; tuvo algunos problemas para levantar el fláccido cuerpo de Valentina y colocarlo sobre la mesa. Después de una larga abstinencia ya podría disfrutar de su comida favorita, comenzó por cortar algunos tajos de esa zona que tanto había alabado y ponerlos en la sartén previamente engrasada y caliente.
(Así es, querida, nunca me gustó la carne de cerdo: tiene un desagradable sabor a imitación de segunda clase).
(Eres muy linda al preocuparte por mí, yo quiero que te sientas cómoda, que hagas lo que te gusta; ningún sacrificio es demasiado con tal de estar contigo).
Desde que empezaron a salir permitió que ella estableciera la dinámica: una cena abundante, caminar un poco hasta el cine para mirar cualquier película, de esas que se olvidan a los diez minutos, y pasada la media noche refugiarse en algún hotel cercano.
(No pienses eso, mujer. Amo a tu cuerpo y su luz, amo el sudor que resbala de tu cuello, amo la perfección atroz de tus caderas, ese umbral a la tierra prometida).
El sexo con Valentina no era el fin, sino el medio para algo más; era un trámite necesario y placentero pocas veces. En poco tiempo ya era experto en levantar su ego, en evitar que se soltara a llorar apenas iniciado el juego, solo pensar en su meta lo hacía sonreír y empujar un poco más fuerte.
(¿Por qué no puedes creer que ya tan pronto esté usando la palabra amor? Sí, antes han existido otras, por eso puedo asegurar que tú eres la indicada).
La última cita fue en su departamento, un 14 de Febrero, prometió a Valentina que esa noche los uniría definitivamente. Ella estaba embelesada con lo él que había cocinado: cerdo agridulce al estilo cantonés, mismo que él no comió por razones ya citadas. Al terminar de comer se recostó en un sillón, dijo que se sentía un poco mareada y no podía estar sentada, quizá a causa de la cena y el vino.
(Claro, me encantaría conocer a tu familia, espera a recibir tu regalo por el día del amor y la siguiente noche iremos a visitarlos).
Una de sus antiguas amantes, que era dentista, le había dicho cual era la sustancia y la dosis necesaria para aletargar un cuerpo de 60 a 70 kilos sin provocar daños al organismo; tuvo algunos problemas para levantar el fláccido cuerpo de Valentina y colocarlo sobre la mesa. Después de una larga abstinencia ya podría disfrutar de su comida favorita, comenzó por cortar algunos tajos de esa zona que tanto había alabado y ponerlos en la sartén previamente engrasada y caliente.
(Así es, querida, nunca me gustó la carne de cerdo: tiene un desagradable sabor a imitación de segunda clase).
lunes 15 de diciembre de 2008
Retablo
El agua caliente relaja sus músculos, tiene la espalda muy adolorida, cierra los ojos y no tiene que esforzarse mucho para concentrarse: los senos pequeños, la cadera más que redondeada y la boca ultra fina.
Al salir de la regadera derrama a propósito el shampoo, le gusta observarla mientras se agacha para enjuagar, le gusta percibirla limpiando las catástrofes que organiza, también desordena la habitación (una de las mejores partes del día es imaginar a la muchacha levantando su ropa interior, revisando cajones, tocando y dejando su aroma por todos lados).
Apenas hace 6 meses que llegó, y lo primero que notó fue el tono tan oscuro de su piel y la pulcritud en el corte de cabello; desde que la conoce conserva la forma original, al hombro con un flequillo que la hace lucir muy joven y con el rostro más alargado. A pesar del niño le permitió vivir en la casa, siempre había evitado a las mujeres con hijos pero le fue imposible rehusarse, ella soltó un suero entumecedor desde el momento en que abrió la puerta, en alguna ocasión le preguntó si lo había tenido muy joven:
- No era tan chamaca, pero ya había tirado dos cuando al fin se me logró este.
A su parecer sigue siendo chamaca (su cálculo; unos 28 años en comparación con sus cuarenta y tantos).
Dentro de todo detesta esa playeritas religiosas que gusta de usar con imágenes, letras y oraciones horribles: virgencita de Juquila bla bla, Santo Niño Pa, etc; incluso ha pensado en uniformarla pero eso evitaría el deleite de observarla cuando viste las blusa de tirantes delgados que lleve tan bien sin sostén o cuando usa esos jeans tan pasados de moda que amoldan en corazón sus nalgas.
La casa siempre había sido silenciosa y ella no hizo la diferencia; pero si la inundó de una cierta quietud, de un doloroso olor a guayaba y de una fútil lasciva dominación. Todo se transformo en una maquinaría perfecta conformada de 4 simples engranes.
Acabó de vestirse, bebió el jugo que le dejó sobre la mesa, tomó el portafolio y con la perilla de la puerta en la mano dijo:
– Me voy
La escucho correr con dificultad – espéreme tantito – Observó su reloj, 10 para las 9.
- Quería pedirle permiso para salir mañana; vamos a la peregrinación que organiza mi tía y …
- Está bien, regresa hasta el domingo en la mañana.
- ¡Gracias! Usted siempre tan buena señora, voy a pedirle a la virgencita para que le cumpla lo que más desea.
Sonrió, le recomendó cuidar al niño y contuvo las ganas de darle un beso antes de salir apresurada.
LACE
15, Diciembre, 2008
Ex voto
Ofrenda plástica dedicada a la virgen elaborada con pintura acrílica, trazos primitivos y exceso de color, junto a la obra se encuentra escrita una leyenda:
Te agradezco, virgencita, por todos los favores recibidos: mi vida comenzó cuando te arrodillaste junto a mí durante la misa dominical en la iglesia del pueblo; te cubría un rebozo bordado con el color profundo de mis penas y de tus manos brotó un rosario que contaba lentamente los milagros por venir; te agradezco, también, por la bendición de tu sonrisa que limpió el sufrimiento de este pecador y el llamado a refugiarme en tu seno.
Bendito sea el momento en que fui elevado a tus aposentos, donde siempre es noche; develaste tu santidad frente al espejo de pureza, levantaste con parsimonia el huipil y pétalos de rosa cubrieron el piso de la habitación. Tu cuerpo de selva madre fue dispuesto sobre el lecho y el paraíso empezó a transcurrir.
Santificada sea tu piel de playa: espacio abrasivo y necesario para llegar a la frescura. Mi muerte comenzó cuando pude beber la negrura en tu cueva de lobos, ese vértice que delimita lo sagrado de lo inmundo, ese vórtice bautismal y tierra prometida para los hombres.
Te agradezco, virgencita mía, por lo que me has dado, los favores, la vida y la muerte, todos ellos inmerecidos. Amen.
Te agradezco, virgencita, por todos los favores recibidos: mi vida comenzó cuando te arrodillaste junto a mí durante la misa dominical en la iglesia del pueblo; te cubría un rebozo bordado con el color profundo de mis penas y de tus manos brotó un rosario que contaba lentamente los milagros por venir; te agradezco, también, por la bendición de tu sonrisa que limpió el sufrimiento de este pecador y el llamado a refugiarme en tu seno.
Bendito sea el momento en que fui elevado a tus aposentos, donde siempre es noche; develaste tu santidad frente al espejo de pureza, levantaste con parsimonia el huipil y pétalos de rosa cubrieron el piso de la habitación. Tu cuerpo de selva madre fue dispuesto sobre el lecho y el paraíso empezó a transcurrir.
Santificada sea tu piel de playa: espacio abrasivo y necesario para llegar a la frescura. Mi muerte comenzó cuando pude beber la negrura en tu cueva de lobos, ese vértice que delimita lo sagrado de lo inmundo, ese vórtice bautismal y tierra prometida para los hombres.
Te agradezco, virgencita mía, por lo que me has dado, los favores, la vida y la muerte, todos ellos inmerecidos. Amen.
Calamar Central
Ciudad de México
Diciembre 2008
lunes 8 de diciembre de 2008
¿Quién pensó que el helado y las lunetas eran una buena combinación? Pero era la única opción en el congelador del mini súper y fue una suerte encontrarlo abierto, su azúcar en sangre descendía y comenzaba a ponerse más malhumorada de lo usual. Agradeció a su cuchara de emergencia en la guantera y mientras engullía el mantecado dentro de la vieja Caribe pensaba: sólo los que se suicidan en Navidad son más patéticos.
No quería manejar, después de trabajar toda la noche lo que deseaba era su cama, no encontrar a alguien dentro de ella y pomada para la irritación debajo su papada. Arrancó; el camino fue más agrio de lo usual, recordó a la niña con el vestido de terciopelo y su facie de asco al abrirle la puerta. Paró en un puesto callejero de tacos, devoró algunos, sintió el sudor de invierno, volvió al asiento del auto, girando la llave de arranque sonó el celular: una fémina adolescente
- ¿A qué hora llegas? ¿Otra vez horas extra?
- Voy para allá.
Mientras intuía el camino encendió la radio; tan sólo repeticiones con lo mejor del año o entrevistas a estrellas de antaño que casi nadie recuerda. Pisaba el acelerador y el botín quemaba su tobillo, de pronto el ardor: único pensamiento. Cualquiera salía del edificio al llegar, se sintió aliviada de no tener que movilizarse para abrir, cuando al fin acabo de subir las escaleras lo que deseaba era quitarse el ajustado uniforme de poliéster que enrojecía su entrepierna.
Apenas abrió la puerta su hija le reclamó la porquería de regalo que dejo bajo el árbol, le informó que no había nadie más y salió de la casa con un azote. Tomó un pan de la cesta sobre la mesa; aventó las cosas en la sala, mordisqueó, he intento sortear el espacio entre un sofá y un esquinero pero al final su nalga empujo el portarretratos, se inclino para levantarlo y mientras se recuperaba observó la rajadura del vidrio cortando el rostro de su padre, sintió el sabor a hule espuma de las migajas en su boca, suspiró.
La fotografía regresó a su lugar, el pantalón fue al piso y ella corrió a ovillarse en la cama.
No quería manejar, después de trabajar toda la noche lo que deseaba era su cama, no encontrar a alguien dentro de ella y pomada para la irritación debajo su papada. Arrancó; el camino fue más agrio de lo usual, recordó a la niña con el vestido de terciopelo y su facie de asco al abrirle la puerta. Paró en un puesto callejero de tacos, devoró algunos, sintió el sudor de invierno, volvió al asiento del auto, girando la llave de arranque sonó el celular: una fémina adolescente
- ¿A qué hora llegas? ¿Otra vez horas extra?
- Voy para allá.
Mientras intuía el camino encendió la radio; tan sólo repeticiones con lo mejor del año o entrevistas a estrellas de antaño que casi nadie recuerda. Pisaba el acelerador y el botín quemaba su tobillo, de pronto el ardor: único pensamiento. Cualquiera salía del edificio al llegar, se sintió aliviada de no tener que movilizarse para abrir, cuando al fin acabo de subir las escaleras lo que deseaba era quitarse el ajustado uniforme de poliéster que enrojecía su entrepierna.
Apenas abrió la puerta su hija le reclamó la porquería de regalo que dejo bajo el árbol, le informó que no había nadie más y salió de la casa con un azote. Tomó un pan de la cesta sobre la mesa; aventó las cosas en la sala, mordisqueó, he intento sortear el espacio entre un sofá y un esquinero pero al final su nalga empujo el portarretratos, se inclino para levantarlo y mientras se recuperaba observó la rajadura del vidrio cortando el rostro de su padre, sintió el sabor a hule espuma de las migajas en su boca, suspiró.
La fotografía regresó a su lugar, el pantalón fue al piso y ella corrió a ovillarse en la cama.
Afasia.
Junto a ella mi vida sucede distinto, no sé que buscaba cuando llegó pero le doy lo único que puedo ofrecer y quiero pensar que lo disfruta.
Puedo recordar cuando la conocí porque ella encontró -no sé donde- un calendario empolvado, lo colgó en la cocina y en él ha llevado cuenta de los días. Fue un lunes que pintaba para ser funesto –como suelen ser los lunes-. Apenas había terminado mi desayuno acostumbrado: un café más una galleta salada. Me acicalaba para seguir buscando trabajo, un trabajo, el que fuera; eran las nueve de la mañana: el momento ideal para evitar el tráfico de la hora pico. Escuché un ariete golpeando la puerta de mi departamento. Solo abrí un poco, sin quitar la cadena. Ví una mujer con evidente sobredosis de tristeza (y esto la volvía un poco más bella), se detuvo a mirarme un momento para después seguir aporreando la puerta. Calma, le dije ¿Te persiguen? Trató de forcejear, sin responder a mi pregunta. Hice lo que cualquiera hubiera hecho: cerré de nuevo. Supuse que era el escenario perfecto para un robo pero aún así quité la cadena, abrí la puerta completamente y la dejé entrar –diablos, odio ser tan fácil-.
Le ofrecí asiento en el comedor, preparé un café y lo puse sobre la mesa, frente a ella. Siempre me resulta difícil hacer preguntas a las personas (y esto ha ayudado antes a destruir mis relaciones), entonces solo pude sentarme en la otra silla, mirar como tomaba la taza y bebía sorbos pequeños que detenían el tiempo.
No, esa mañana no salí a buscar trabajo. La escena del café demoró hasta medio día y yo, yo no me atreví a sacarla ni a dejarla sola. Parecía estar relajada y me sentí con la confianza suficiente para soltar un ¿Y como te llamas? Otra vez no respondió, más bien se levantó y tomó un libro de la alacena (sí, mi alacena alberga libros en vez de comida), lo abrió y me señaló una página. Tomé el libro y, un poco molesto, ataqué de nuevo: Ya, dime ¿Qué es lo que sucede, por qué viniste a este lugar, como o de donde me conoces?
Insisto, detesto ser tan fácil; ella me arrebató el libro, lo volvió a abrir, buscó una página y me lo plantó en el rostro. Ya entendí, dije, te lo voy a leer, tú solo siéntate ahí y trata de permanecer despierta. Aclaré mi garganta y comencé: ‘a la salida de mi frente busco, / busco sin recordar, busco un instante’.
En ese día el elegido fue Octavio Paz, los días siguientes fueron autores de otros tiempos y latitudes. En algún momento mi cuenta con la tienda de la esquina empezó a generar intereses moratorios, debí retomar mi búsqueda de trabajo, cualquier trabajo. La mujer que ahora habita mi departamento tiene todos los nombres y ninguno. No he podido saber nada de ella, he intentado buscar –sin éxito- alguna clave escondida en los libros que quiere escuchar, he revisado los carteles de personas desaparecidas en las delegaciones, siempre con el mismo resultado.
Junto a ella mi vida sucede distinto. Actualmente tengo un trabajo de siete de la mañana a tres de la tarde que me permite estar con ella el tiempo suficiente para leer autores europeos de la posguerra o cubanos en el exilio (ambos odiamos el realismo mágico latinoamericano).
Esta mañana, antes de salir a trabajar me mostró un libro de Dickens: ‘A christmas carol’, se veía entusiasmada con las ilustraciones. Su sonrisa podría desarmar a dios o al demonio; ah, tan solo me pregunto si conceden aumentos para comprar adornos navideños.
Puedo recordar cuando la conocí porque ella encontró -no sé donde- un calendario empolvado, lo colgó en la cocina y en él ha llevado cuenta de los días. Fue un lunes que pintaba para ser funesto –como suelen ser los lunes-. Apenas había terminado mi desayuno acostumbrado: un café más una galleta salada. Me acicalaba para seguir buscando trabajo, un trabajo, el que fuera; eran las nueve de la mañana: el momento ideal para evitar el tráfico de la hora pico. Escuché un ariete golpeando la puerta de mi departamento. Solo abrí un poco, sin quitar la cadena. Ví una mujer con evidente sobredosis de tristeza (y esto la volvía un poco más bella), se detuvo a mirarme un momento para después seguir aporreando la puerta. Calma, le dije ¿Te persiguen? Trató de forcejear, sin responder a mi pregunta. Hice lo que cualquiera hubiera hecho: cerré de nuevo. Supuse que era el escenario perfecto para un robo pero aún así quité la cadena, abrí la puerta completamente y la dejé entrar –diablos, odio ser tan fácil-.
Le ofrecí asiento en el comedor, preparé un café y lo puse sobre la mesa, frente a ella. Siempre me resulta difícil hacer preguntas a las personas (y esto ha ayudado antes a destruir mis relaciones), entonces solo pude sentarme en la otra silla, mirar como tomaba la taza y bebía sorbos pequeños que detenían el tiempo.
No, esa mañana no salí a buscar trabajo. La escena del café demoró hasta medio día y yo, yo no me atreví a sacarla ni a dejarla sola. Parecía estar relajada y me sentí con la confianza suficiente para soltar un ¿Y como te llamas? Otra vez no respondió, más bien se levantó y tomó un libro de la alacena (sí, mi alacena alberga libros en vez de comida), lo abrió y me señaló una página. Tomé el libro y, un poco molesto, ataqué de nuevo: Ya, dime ¿Qué es lo que sucede, por qué viniste a este lugar, como o de donde me conoces?
Insisto, detesto ser tan fácil; ella me arrebató el libro, lo volvió a abrir, buscó una página y me lo plantó en el rostro. Ya entendí, dije, te lo voy a leer, tú solo siéntate ahí y trata de permanecer despierta. Aclaré mi garganta y comencé: ‘a la salida de mi frente busco, / busco sin recordar, busco un instante’.
En ese día el elegido fue Octavio Paz, los días siguientes fueron autores de otros tiempos y latitudes. En algún momento mi cuenta con la tienda de la esquina empezó a generar intereses moratorios, debí retomar mi búsqueda de trabajo, cualquier trabajo. La mujer que ahora habita mi departamento tiene todos los nombres y ninguno. No he podido saber nada de ella, he intentado buscar –sin éxito- alguna clave escondida en los libros que quiere escuchar, he revisado los carteles de personas desaparecidas en las delegaciones, siempre con el mismo resultado.
Junto a ella mi vida sucede distinto. Actualmente tengo un trabajo de siete de la mañana a tres de la tarde que me permite estar con ella el tiempo suficiente para leer autores europeos de la posguerra o cubanos en el exilio (ambos odiamos el realismo mágico latinoamericano).
Esta mañana, antes de salir a trabajar me mostró un libro de Dickens: ‘A christmas carol’, se veía entusiasmada con las ilustraciones. Su sonrisa podría desarmar a dios o al demonio; ah, tan solo me pregunto si conceden aumentos para comprar adornos navideños.
Calamar Central
Diciembre 2008, México.
__________
PD El tema a escribir para el próximo lunes 15 de Diciembre 2008 es 'mañanitas a la virgen' y 'deseo' (sí, ambos en el mismo cuento). Suerte.
lunes 1 de diciembre de 2008
Inicio.
Este es un proyecto de dos personas que tratan de matar el tiempo escribiendo... y no es porque este les sobre, por el contrario, es porque les queda muy poco por usar.
La dinámica es proponer un tema a tratar y en una semana publicar un texto cada quien, lo que sus neuronas (y dedos permitan). Agradecemos sus amables comentarios, mentadas, tomatazos, etc.
El primer tema o motivo a trabajar es 'El amor en navidad o amor navideño (que es lo mismo)', cortesía de E. (Es difícil decidir uno, por lo tanto, tuve que pedir ayuda, je).
salucita y esperemos el próximo lunes los primeros textos.
La dinámica es proponer un tema a tratar y en una semana publicar un texto cada quien, lo que sus neuronas (y dedos permitan). Agradecemos sus amables comentarios, mentadas, tomatazos, etc.
El primer tema o motivo a trabajar es 'El amor en navidad o amor navideño (que es lo mismo)', cortesía de E. (Es difícil decidir uno, por lo tanto, tuve que pedir ayuda, je).
salucita y esperemos el próximo lunes los primeros textos.
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