Nunca había podido disfrutar las cenas con ella pues la carne de cerdo – a la que Valentina era muy aficionada- le resultaba desagradable, sobretodo después de enterarse de cuanta similitud existe entre aquella especie y la nuestra.
(Eres muy linda al preocuparte por mí, yo quiero que te sientas cómoda, que hagas lo que te gusta; ningún sacrificio es demasiado con tal de estar contigo).
Desde que empezaron a salir permitió que ella estableciera la dinámica: una cena abundante, caminar un poco hasta el cine para mirar cualquier película, de esas que se olvidan a los diez minutos, y pasada la media noche refugiarse en algún hotel cercano.
(No pienses eso, mujer. Amo a tu cuerpo y su luz, amo el sudor que resbala de tu cuello, amo la perfección atroz de tus caderas, ese umbral a la tierra prometida).
El sexo con Valentina no era el fin, sino el medio para algo más; era un trámite necesario y placentero pocas veces. En poco tiempo ya era experto en levantar su ego, en evitar que se soltara a llorar apenas iniciado el juego, solo pensar en su meta lo hacía sonreír y empujar un poco más fuerte.
(¿Por qué no puedes creer que ya tan pronto esté usando la palabra amor? Sí, antes han existido otras, por eso puedo asegurar que tú eres la indicada).
La última cita fue en su departamento, un 14 de Febrero, prometió a Valentina que esa noche los uniría definitivamente. Ella estaba embelesada con lo él que había cocinado: cerdo agridulce al estilo cantonés, mismo que él no comió por razones ya citadas. Al terminar de comer se recostó en un sillón, dijo que se sentía un poco mareada y no podía estar sentada, quizá a causa de la cena y el vino.
(Claro, me encantaría conocer a tu familia, espera a recibir tu regalo por el día del amor y la siguiente noche iremos a visitarlos).
Una de sus antiguas amantes, que era dentista, le había dicho cual era la sustancia y la dosis necesaria para aletargar un cuerpo de 60 a 70 kilos sin provocar daños al organismo; tuvo algunos problemas para levantar el fláccido cuerpo de Valentina y colocarlo sobre la mesa. Después de una larga abstinencia ya podría disfrutar de su comida favorita, comenzó por cortar algunos tajos de esa zona que tanto había alabado y ponerlos en la sartén previamente engrasada y caliente.
(Así es, querida, nunca me gustó la carne de cerdo: tiene un desagradable sabor a imitación de segunda clase).
lunes, 19 de enero de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario