jueves, 22 de enero de 2009

Gula Adolescente

A lo lejos escuche a mi madre entre sollozos: fue la muerte más estúpida; en el día más estúpido.

Vagamente puedo acomodar las ideas de cómo termine aquí. Recuerdo que desde hace una semana todo se organizó para el intercambio; a mi mejor amiga se le ocurrió la idea de arreglar los papelitos para que al fin tuviera mi oportunidad de cruzar palabras con él.

Reconozco que el concepto temático fue mío, yo opiné que lo mejor sería intercambiar dulces y chocolates, porque: ¿cómo evitar la tentación? Nada más delicioso que saciarte de azúcar hasta sentir una desesperante sed, comer… devorar puñados de rubicundas gomitas corazonadas, ahogarte en pequeños dulces de colores apastelados y estructuras de azúcar. Más allá de rosas artificiales y globos gigantescos amo el 14 de febrero por la estática gama rosa–carmesí de sus golosinas, paletas de sabor frambuesa o grosella, bombones rosados y blanquecinos ( los mejores con relleno de jalea); enormes nidos formados del cabello de la azúcar y chocolates: en pasteles, en cajas, en helados, amargos; con nueces, blancos, coloreados, con avellanas, belgas, suizos, holandeses. Amó el azúcar, odio mi peso, mis compañeros me detestan no se si por gorda o por tener el mejor promedio de la secú.
Le compré una enorme caja de chocolates, dudo que vaya aprobarlos, espero que en su familia se los coman, sería un desperdicio. Él ni me miro; cuando pasé al frente ( y mientras intentaba no sonrojarme) dije su nombre; se levantó; sonrió; me abrazó rápidamente seguido de una palmadita cómo de las que de seguro da a su perro y mientras me soltaba pronunció el nombre de a quien él le iba a regalar. No tuve tiempo de nada; ni de bajar la mano por su espalda, ni de decirle que dentro de la caja iba una tarjeta.

Alguien gritó - ¡Guerritas! Y las ráfagas de azúcar comenzaron, la balacera no cesaba, recuerdo que un dulce me pegó en el ojo y otro acabo (¿quién sabe cómo?) entre mis pechos, era como una amatista enorme y pegajosa. Me agache; intente detrás la puerta; lo mejor: la refriega duró poco tiempo; alguien dio el pitazo.

Dieron clases otra vez, me comí las galletas que me regalaron; fui por agua y al salir del salón vi una tarjeta en el basurero; la tomé, quería confirmar que era la que yo le di y mientras caminaba iba leyendo; no sé cómo paso: torpemente sentí unos dulces bajo mi pie; mi peso me ganó hacía atrás y escuche el crujir de mi cuello al romperse.

Fue la muerte más estúpida; en el día más estúpido y ni siquiera era la tarjeta que yo le regalé.

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