Te agradezco, virgencita, por todos los favores recibidos: mi vida comenzó cuando te arrodillaste junto a mí durante la misa dominical en la iglesia del pueblo; te cubría un rebozo bordado con el color profundo de mis penas y de tus manos brotó un rosario que contaba lentamente los milagros por venir; te agradezco, también, por la bendición de tu sonrisa que limpió el sufrimiento de este pecador y el llamado a refugiarme en tu seno.
Bendito sea el momento en que fui elevado a tus aposentos, donde siempre es noche; develaste tu santidad frente al espejo de pureza, levantaste con parsimonia el huipil y pétalos de rosa cubrieron el piso de la habitación. Tu cuerpo de selva madre fue dispuesto sobre el lecho y el paraíso empezó a transcurrir.
Santificada sea tu piel de playa: espacio abrasivo y necesario para llegar a la frescura. Mi muerte comenzó cuando pude beber la negrura en tu cueva de lobos, ese vértice que delimita lo sagrado de lo inmundo, ese vórtice bautismal y tierra prometida para los hombres.
Te agradezco, virgencita mía, por lo que me has dado, los favores, la vida y la muerte, todos ellos inmerecidos. Amen.
Calamar Central
Ciudad de México
Diciembre 2008

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